Homenaje al Dante

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Claro presagio es poder celebrar el centenario de Dante junto con la apertura de esta Sala de las Discusiones Libres, que el Gobierno de México dedica a los ingenios de todo el mundo, para que en ella mediten, discutan expongan ideas y doctrinas. Un recinto amparado con un nombre indostánico de la época de los asokas y Buda, y a la entrada, como evocación sublime, la figura del más alto, del más inspirado de los poetas del mundo. Coincidencias extrañas al parecer, inexplicables conforme a la lógica rigurosa de la historia, pero perfectamente naturales para el que penetra el sentido de las enseñanzas, para el que no atiende ni quiere atender a los procesos cronológicos o históricos, si ello no significan una unión interna y esencial de las verdades reveladas en el curso de los tiempos. Coincidencia muy explicable dentro de la cultura latinoamericana, que tiende a producir una síntesis profunda de todos los valores universales, y fundada en el juego libre del espíritu, en busca de la revelación y la belleza. Una síntesis superior al criterio que cataloga épocas y acontecimientos en orden de ciega sucesión, sin la fuerza de adivinar la verdad profunda que se desarrolla dentro del caos absurdo de los acontecimientos y de la historia.

Universalidad, que no es multiplicidad discorde y dispersa, sino aliento organizador y creador; sucesión de relámpagos en la noche de los tiempos, teoría luminosa surcada a trechos de confusión y de sombras: esa es la historia del alma y esa es también la historia del mundo. La mentira que los sentidos forjan se rasga primeramente como nube rota por el sol, cuando resuenan en la consciencia los primeros cantos del Rig Veda y los mitos de Orfeo. La luz parece extinguirse apenas nace y las sensaciones corporales vuelven a rodearse de sombras, pero, periódicamente, las tinieblas se rompen, y se suceden los preceptos pitagóricos impregnados del ritmo interior de los seres, y los secretos de Osiris, que son como el rasgar de muchos velos. Resuenan en seguida los gritos sublimes de los profetas hebreos, y se aclara en los diálogos profundos de los Upanishadas. Aparece en seguida como una aurora la doctrina de Buda Sakya Muni, un precursor del Bautista, el anunciador de Jesús cuya venida confirmó la profecía de los orientales que lo llamaron Buda Maitreya, el Buda Misericordioso. De esta suerte cobra sentido la historia, y el alma levanta su vuelo. Y dentro de tal visión de conjunto la de Dante es una de esas voces que proclaman y confirman las verdades eternas.

El don del vuelo lo poseemos todos, pero la inmensidad del espacio nos lo llena el vacío, y, desencantados entonces de la movilidad de la nada, quisiéramos el ser de la cosa inerte, de la roca que es firme y definitiva, sin exaltaciones, sin trémolo y sin destello: eterna como el basalto o clara y tranquila como la esmeralda. ¡Cuánto más perfecta la gema que el rastrear asqueroso

del germen que se hunde en el pantano o se envilece en la oruga con tal de lograr un resplandor fugaz y una sacudida momentánea de goce! ¡Cuánto más puro el barro que aún no se contamina del estertor microorgánico que crea la vida! Mineralistas, adoradores de piedras preciosas como la forma ideal de existencia, eso seríamos todos, sino fuese porque en el roce turbio que crea la vida emerge una partícula de luz intangible de que carecen la gema y el sol, un género especial de luz que si arde, lejos de consumirse se acrecienta. Tal es la luz que mira el vidente ya nazca de adentro o ya esplenda en lo interno; mientras más se la mira más se agiganta. Tal es la luz que en medio del absurdo, que es toda vida, irradia súbitamente de la entraña de los seres y nos envuelve en arrebatos de júbilo.

Claridades de los grandes cielos abiertos; estrellas de la noche profunda; ríos que fluyen; nubes que danzan; tierra extensa y mansa; todo es signo y trasunto de un devenir que corre y que a veces choca con nuestro destino que pugna. De allí nace el fuego desbordado de la fantasía que, a semejanza de la potencia divina, ensaya con las formas la visión de los mundos nuevos. He aquí lo que se encuentra en Dante.

Como vidente lo concebimos los modernos: vidente y apóstol, y por lo mismo superior al genio: más que filósofo y más que poeta: Iluminado. Era él uno de aquellos para quienes la vida es tragedia; tragedia mas no desastre: transfiguración que produce valores eternos. Cuando el Dante habló, la verdad cristiana renovada por San Francisco permeaba las almas de gracia, y la ansiedad, la angustia, la luz que palpita en las conciencias humanas y aun en el alma oscura de las bestias, todo pugnaba por libertarse en un cántico y un cántico hecho acción fue toda la vida sublime del santo. En seguida el Dante bajó al mundo de las sombras como si con pensamiento quisiera redimirlos, y así nació la comedia apellidada Divina; como un ritmo profundo que nace de los conflictos infernales de la ciencia confusa y se depura y triunfa al confundirse con la fuerza, con la fuerza “del amor que mueve el Sol y las estrellas”.

El alma de Dante, tormentosa pero llena de gracia, tenía que buscar la redención de las almas en el amor, que es júbilo infinito. Pero ¿de cuál amor? ¿De la fiebre genésica que a todos los seres perturba, pero jamás los sacia, o del afán que nos impele a superarnos buscando algo que a nosotros mismos, ni tampoco criatura alguna procreada a semejanza nuestra? Nadie ha contestado estas preguntas mejor que el Dante. A los ojos del vulgo literario, Dante es un enamorado; un hombre que pone el sentimiento del amor por encima de todo lo humano y que ha simbolizado en Beatriz, el fin supremo del deseo, la cumbre más alta del esfuerzo. Si los que así piensan tuvieran razón, el Dante no sería más que un Petrarca, es decir, uno de tantos que solo viven en la memoria de estudiantes de literatura o de críticos desocupados; un simple cantor sentimental o un eslabón literario. Pero muy por encima de todo esto, la obra dantesca

se hace parte necesaria de la conciencia humana y fuerza inextinguible que a cada edad comunica impulso y aliento.

Desde la época juvenil del amor ardiente que se ha inmortalizado en la Vita Nuova, ya hay en Dante un sentimiento que no es del enamorado común, sino una especie de habilidad nata para convertir la pasión en visión; el sentimiento del fuego creador. De esta suerte, su instinto trabaja para todo el género humano; su amor no busca posición como todos los amores comunes la buscan, sino crear maravillas de fantasía que superan a toda realización amorosa. Convertido en belleza su amor, sube de grado y ya no es afán sino consubstanciación de los humano en lo eterno. Quien esto logra supera al artista, y se hace vidente, y ya no solo expresa la belleza sino la revelación. El mero artista es un espejo que refleja y devuelve copias de la realidad; solo cuando improvisa revela vida nueva y se hace profeta.

Se encuentra en el Dante los agravios y el tormento que preceden a toda verdadera revelación. El mundo lo lastimó en todas las formas materiales, sociales, mentales, pero su fantasía crea seres más poderosos que las cosas reales y su mente palpa las substancias eternas.

Su capacidad para tornar en sustancia real la obra de la fantasía, hace que la figura de Beatriz, insignificante, como es insignificante siempre el amor terrestre, sea, sin embargo, motivo de visiones poéticas y de revelaciones trascendentales. La fantasía dantesca participa de la energía divina que sopla sobre la realidad para hacerla imperecedera; que convierte lo real en la sustancia de que están hechos los sueños, para fijarla mejor y perpetuarla.

Convertir la pasión amorosa en visión de belleza ardiente es, a la vez de libertarla, superarla, y equivale a crear la realidad nueva del esplendor trascendental. Y como lo bello es un ritmo ascendente y se asciende hacia algo, la belleza es movimiento y camino, pero no fin en sí, no es término sino ruta, y el mero poeta contempla sólo el movimiento de la forma, pero no su término divino. El Dante, en cambio, no se detiene en la visión, sino que lleno de arrebato sublime se va muy lejos de la simple belleza y del amor mismo, y poseído de iluminación comienza a revelar el misterio.

Es cierto que en el Paraíso Dante vuelve a encontrar a Beatriz y la abraza de dicha pero no por eso suspende su marcha ni juzga que ha llegado a la meta de su destino. Repuesto apenas de la dulce sorpresa, la marcha prosigue, y es entonces la amante, lo que sería más grato encontrar en este mundo: una compañera de peregrinaciones, adelantada unas veces en la ruta por obra de su gracia candorosa, unida siempre como una parte armoniosa del alma incompleta que anida en nuestros pechos distantes. Una suerte de fusión moral que podría compararse al concierto de armonía y melodía, eso es Beatriz, y no la amante que sacia el cuerpo; ni la media naranja del inmortal símil platónico, que devuelve al alma la armonía perdida; tampoco la que

por excesivamente hermosa hacía exclamar a los héroes helénicos: “di si eres diosa o mujer”. El amor de Beatriz supera también al de la dama a cuyos pies se rinden a las espadas y se entona el lloro de los versos. Más radiante que la Diosa, más dulce que la señora, más profunda que la amante; su amor se asemeja al de la virgen María, que es lleno de gracia porque, lejos de robar para sí el afán de la conciencia, nos abre el alma al conocimiento y nos conduce a los espacios celestes.

Beatriz llena casi toda la vida de Dante, y, sin embargo, el poeta no se entrega totalmente a su amor, no da su alma a su amada; adivina que las almas pueden andar juntas y aún confundirse, pero sin darse la una a la otra, sino entregándose ambas a superior impulso. Cada alma es insaciable, y dos insaciables, lejos de nutrirse, se devoran. Así se explica que la pasión de dos almas sea como un incendio que devasta y sólo deja cenizas y muerte en la conciencia.

Dante era un desencantado del amor humano. Como todos los grandes, padecía de soledad; inmensa y desgarradora soledad, certeza dolorosa de que no ha de encontrarse un corazón verdaderamente ligado al nuestro; no existe más pavorosa ni más incurable desdicha. Y este dolor que perdura en el triunfo, se acentuó más en su penosa vida de proscrito que sufre persecución por la justicia y mira por todas partes la maldad triunfante, la ineptitud insolente y la esperanza muerta. Pero su alma férrea no se doblega; ni la nostalgia, ni el martirio de la distancia, ni la sangrienta burla de los viles, nada es capaz de callar la lengua valiente que contesta a los que le ofrendan perdón: “Si para volver he de confesarme culpable, no volveré jamás”.

Aquí estamos celebrando la memoria de un genio magnífico que si pudiera hablarnos seguramente nos diría: antes de levantarme estatuas, atended a corregid vuestras iniquidades. Pues esa es la tortura y la fatalidad de los grandes; el no poder callar la verdad ni disimular su indignación frente a la injusticia. Sus palabras lastiman, aunque sus pechos rebosan de amor, y poco a poco la pequeñez humana los va dejando, los deja solos, y de lejos parecen todavía más hoscos. De allí nace esa especie de terror sagrado con que nos acercamos a los verdaderamente grandes, pues para estar con ellos, en simpatía fácil, sería menester toda una serie de sacrificios personales y de tremendos esfuerzos interiores. Una sola mentira en la conciencia nos desliga y aparta de su grandeza y nos impide sentir la efusión filial de lo que pueden llamarlos padres. Padre y maestro es Dante; padre por la energía de su espíritu que quisiéramos revivir en todas las almas iberoamericanas, y maestro de altivez y rectitud que debe servir de ejemplo cada vez que sea preciso luchar por la libertad, y finalmente, profeta por su don excelso de adivinar en los aspectos de la representación humana el sentido y el destello de la belleza eterna.

No es esta una ceremonia protocolaria en la que un país agradece a otro país amigo la entrega de un objeto de ornato. El nombre de Dante no es de aquellos que se convierten en frío recuerdo histórico, sino llama viva que ha de servir de guía a todas las edades y que revela una belleza superior a todas las críticas.

Puede la pasión nacionalista o la ingenuidad de los que sólo perciben con los sentidos del cuerpo, comparar a Dante con otros poetas que sean capaces de darnos visiones esplendorosas de la vida o comunicarnos el fuego de sus instintos; pero ningún poeta ha logrado la unidad trascendental, ni la clarividencia imperecedera que se expresa en los versos de la Divina Comedia. Dante no es la pitonisa que balbuce verdades parciales escondida entre el desecho de disparates rotundos; no es el vate que emite voces sublimes en un coro de trivialidades sonoras; no es tampoco el mago de los sentidos corpóreos, un Shakespeare o un Goethe que dan ojos nuevos para ver el mundo y fuerza para gozar sus pasiones. Dante es un trasmutador de la corriente eterna; un transfigurador de valores cuya potencia influye en el devenir mismo del alma. Después de leer a Shakespeare sentimos que hemos gozado mucho, pero que somos los mismos; después de leer a Dante, nos sentimos hombres nuevos frente a un destino infinito. Y si hemos de insistir en la comparación ya casi obligada de Dante con Shakespeare, diremos que Shakespeare es el hombre de la tierra, el poeta genial, pero cortesano y carente de ánimo propio y de visión remota; en tanto que Dante parece una parte de la revelación misma, un soplo de lo divino hecho Verbo y deslumbradora belleza.

 

Vasconcelos, J. (1965). “Homenaje al Dante”, en El Libro y el Pueblo; No. 4, época 5. México: Secretaría de Educación Pública.

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