Renovar la pasión por educar

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Renovar la pasión por educar

 

Quisiera iniciar esta reflexión señalando que vivimos grandes cambios en los diferentes ámbitos de nuestra realidad, que sin duda alguna nos rebasan y desafían. Nos llaman insistentemente a salir de nosotros mismos en un esfuerzo más generoso. Pero ¿cuál es la primera urgencia que habrá que comenzar a atender? Sin duda, coincidimos que es la emergencia educativa.

Fueron los obispos de América Latina y el Caribe, en su V Conferencia General −hace ya casi diez años−, quienes pidieron emprender una respuesta de esta naturaleza. Afirmaron, desde un punto de vista teleológico, es decir, de búsqueda de sentido: “La educación humaniza y personaliza al ser humano cuando logra que éste desarrolle plenamente su pensamiento y su libertad, haciéndolo fructificar en hábitos de comprensión y en iniciativas de comunión con la totalidad del orden real. De esta manera, el ser humano humaniza su mundo, produce cultura, transforma la sociedad y construye la historia”.

Posteriormente, el Papa Emérito Benedicto XVI, unos meses después de la clausura de Aparecida, retomó el mismo llamado señalando que todos debemos: “formar personas sólidas, capaces de colaborar con los demás, y de dar un sentido a la propia vida”.

Como puede apreciarse, tanto Aparecida como el Santo Padre, “dan en el clavo”. La tarea fundamental de la educación es colocarnos más allá de todo individualismo. Recordemos la etimología de la palabra educar, compuesta por el término ducere, que significa conducir, y el prefijo e, que implica una acción hacia fuera. Educar conlleva pues una acción de salir de sí, de conducir la vida para incorporarla a un ámbito de relación, implica encaminar a la persona para situarla dentro del universo.

La persona es un per se en relación, y no un per se absoluto; desde su unicidad y su individualidad cada persona, cada familia, cada comunidad, existe y se desarrolla en una realidad más amplia junto con otras personas, grupos y otras realidades, que lo abren necesariamente a una experiencia de vida compartida.

El ámbito educativo, podríamos decir, nos exige “emerger” de manera más consciente y comprometida ante algunas situaciones sociales −incluso planetarias−, que nos muestran claramente que no estamos sacando del ser humano lo mejor de sí.

Particularmente, los Obispos Latinoamericanos, en Aparecida, nos advierten que:

América Latina y el Caribe viven una particular y delicada emergencia educativa. En efecto, las nuevas reformas educacionales de nuestro continente, impulsadas justamente para adaptarse a las nuevas exigencias que se van creando con el cambio global, aparecen centradas prevalentemente en la adquisición de conocimientos y habilidades, denotan un claro reduccionismo antropológico, ya que conciben la educación preponderantemente en función de la producción, la competitividad y el mercado. Por otra parte, con frecuencia propician la inclusión de factores contrarios a la vida, la familia y a una sana sexualidad. De esta forma, no despliegan los mejores valores de los jóvenes ni su espíritu religioso; tampoco les enseñan los caminos para superar la violencia y acercarse a la felicidad, ni les ayudan a llevar una vida sobria y adquirir aquellas actitudes, virtudes y costumbres que harán estable el hogar que funden, y que les convertirán en constructores solidarios de la paz y del futuro de la sociedad.

La tarea como podemos ver es enorme. Se trata de construir un cambio cultural. No sólo de sancionar lo que sucede en el presente, sino, sobre todo, establecer las bases para una nueva civilización, mucho más humana y justa, al promover la globalización de la solidaridad, es decir, el reconocimiento del otro, lo otro, y por supuesto El Otro.

La educación es esencialmente un acto de alta solidaridad, así lo señaló el Papa Francisco en su reciente documento: Educar al Humanismo Solidario. Toda tarea educativa exige diálogo y encuentro, generoso e iluminador, que suscite el desarrollo de habilidades y conocimientos, a través de actitudes y valores éticos, que le permitan a cada educando asumir correctamente la realidad y responder a ella.

La emergencia educativa, convocada por la Iglesia es una llamada a toda la sociedad, a todos los ambientes, a todos los gobiernos, a todos los credos, para construir juntos una cultura más humana, a través del andamiaje de un nuevo camino educativo.

La educación nos exige un esfuerzo de generosidad y compromiso de parte de todos, y para con todos.

¡Gracias, maestros! Agentes indispensables en el esfuerzo educativo cotidiano, en nuestra nación.

 

...Ramón Merancio García

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